viernes 11 de abril de 2008

DOMINGO

La hamaca estática, silenciosa,
sin niños alrededor.
Sombra de sí misma en la arena:
propaga tres barras horizontales
y tras ellas las cadenas,
eslabones negros,
negros como sombras,
sombras de la hamaca,
de la hamaca en la noche,
en la noche del farol.

viernes 7 de marzo de 2008

CORRIENTE ROJA


Una delgada línea, verdosa y cristalina, baja por la piedra; se desliza, perpetua e incansablemente. Ella flexiona las piernas, apoya las rodillas en la roca, acerca su fina y blanca mano al germen. Extenuada retoza.


...Ha de nacer otra vez...


Recostada acaricia, suave, la frescura, el pulso se torna lento. Aquel morro escarpado, frondoso, cansa. La delgada línea verdosa va en silencio. Quiere el día pero maliciosamente las nubes negras invaden la mañana, la tarde. El morro responde con espinas envenenadas. Ella lo corona con los ojos cerrados, ¿acaso es posible verlo?


...Ha de saber que lo intricado nunca será suave...

No hay claros,
todo es maleza, matorral,
una espesura antigua, vieja dejadez,
pálida y ronca.

No obstante, en la oscuridad, el día.

martes 5 de febrero de 2008

DESENCARNACIÓN
“...los rayos divinos dicen haberlo engendrado
no obstante nació de la carne de una mujer...”

Las calles se continúan, unas tras otras; similitud de colores,
de olores y de hastíos: los encajes tienen pliegues: la juventud no es bella eternamente.
Mañanas, tardes, noches, ruidos;
días y más días. Sombra, todo es sombra.

Pero.

Unas gotas sobre su cabello, sobre los hombros
que se descubren para el encuentro.
Alza la mirada al cielo, gris y eléctrico.
Levanta las manos y pide ser llevada, asida y vislumbrada. Deja caer la cartera, se saca los zapatos, desliza la falda por su cadera y lo besa. Lo besa por las noches, por las tardes, en las esquinas, por las mañanas, en los bares. En la cama, días y más días, en la madrugada, en la boca, en el llanto.

Lo besa.

jueves 3 de enero de 2008

EXTRA BRUT

EXTRA BRUT

Las nubes obreras sostienen el cielo. El viento fuerza a la arena en desorientados remolinos: como inmigrantes en puerto desconocido. Los tamarindos leales cubren los médanos. El mar deja su rastro con espuma en la orilla, espuma leve; su milenaria existencia no necesita mostrar la fuerza. En ese manifiesto orden natural una mano convida un mate. El pescador deja por unos minutos la caña y sorbe de la bombilla, mientras la mujer, sujetándose la falda, le acaricia el cuello. El hombre regresa a la tarea, antaño placer. Ella recarga el agua del balde: los peces mueren a cuchillo. Vuelve al asiento y continúa con el tejido. Detrás los cuatriciclos desgarran la arena húmeda: los conductores pedirán por la noche: “corvina grillé”. Una pareja cabalga de la mano, los caballos transpirados y el peón que los custodia no logran sacarlos del hechizo. Ajenos a lo circundante, dos niños corren tras la pelota empujada maliciosamente por el viento. Las horas no pasan para las nubes, para el viento. No pasan para los médanos y el mar. Un constante presente perfecto: un mañana constantemente igual.

miércoles 5 de septiembre de 2007

MUDÉJAR


MUDÉJAR
“... lo quiso pero fue domesticada por la indiferencia...”


Irrumpió la mañana y la mano dejó de tocar la aldaba, ¡Ay, Bendita la congoja!. Ya sin fuerzas para sostener aquél anillo de bronce al que había prometido lealtad. Tal su ahogo que ni podía buscar asilo en la heráldica cabeza del león. En el borde del infierno vivía. Sus pasos se habían transformado en llanos sin madrigales ni sombras, sin soles ni palabras, sin cometas ni caricias. Así eran también sus lágrimas, que se perdían en soliloquio. Rosas rojas de espinas largas punzaban sus venas más profundas. Callaba y en su mutismo solitario de rodillas se ponía: melancolía en su falda derrotada y la espalda arqueada de sinsabores. Mutilada, absolutamente mutilada sentía su agonía. La puerta de madera, alta, marrón, lustrada, permanecía inerte. Tanto era el dolor, tanto. Nada era ya familiar, así comprendía que la muerte en vida la miraba de frente. Pesadilla de la que no podría despertar, que traspasaba sus oídos, su nariz, su boca, avasallante. Moribunda en aquella mañana fría de invierno, gélida de toda bondad: la compasión se había olvidado de su roja cabellera. Aferró entonces la angustia, se dejó recorrer íntegra y dejó morir su cuerpo que era lo único que aún martillaba. Quiso ser el centro de una estrella pero su estela se perdió en el negro universo.

miércoles 22 de agosto de 2007

Sin lentes ni bronceador
“... de la diversidad y el desorden...”


Varietal I

Pies de cerámica
mano desclava
abre al gigante blanco,
la gran mole fagocita
como pozo sin fondo.
Necesidad de ruedo de ésta, la larga madre;
de dormir treinta seis horas la vigilia
a los ojos sin fantasía
como un desierto de realismo.

Mutiladas piernas en la carrera de lo no dicho
por la infección en las palabras
y los brazos secos como árbol de invierno.
Así,
no obstante,
como pudo,
la corpulenta frigidez fue traspasada.



Varietal II

en derrame caótico
cáscara fresca grita la tierra
cara del desarraigo en la cicatriz

el cajón el error el perdón
la vida la vida ¡la vida!
humedad paraguas lluvia torrente
palabras
más palabras
hechos dudas
no es así es así
te escucho te reclamo

no digo
digo mucho digo poco
los abrazos el sexo
la vida la vida ¡la vida!

noche madrugada sueño pesadilla
el cajón la mano la caricia
la espalda la espada el corazón
la sangre

el vaso el chorro
el día la luz la mirada la mesa
el mate la leche
la buena leche
la mala leche
el ojo
la lágrima
el pañuelo
el cajón
la vida la vida ¡la vida!

te mira te desarma te exprime

la naranja la acidez la pastilla el vaso el chorro la cama el sexo la tarde la pared el cuadro la pareja la silla la madera el árbol la fruta el calor

la vida fuera del cajón.

lunes 6 de agosto de 2007

Homo Sapiens

HOMO SAPIENS
“...quiere el símbolo como animal, racional...”

Es un fantasma, entrelíneas de un texto.
Tira piedras que caen
directamente al fondo del lago.
La circunferencia se propaga en la superficie
como la enredadera en el muro, pero.
Las palabras se van partiendo,
cambian el tema y las manos sacuden el polvo.
La piedra lisa es la esperada,
salta sobre la superficie, lineal como el horizonte.
Se pide luz para ver el contorno,
pero las estrellas brillan en el pozo.
Afanados por saber quien, como o donde se encuentra,
buscan hasta con linterna,
más se podría pensar que esta en sus letras
aunque la humedad las intente borrar.
El camino tiene baches,
y en la ciénaga luce la oscuridad.
Si bien,
las hojas ligeras
intentan vestir la diferencia.

viernes 1 de junio de 2007

DESVIADO DEL SURCO RECTO
“...cuando los sentimientos se muestran desinhibidamente...”

Paredes de cerámica blanca como un desierto de sal,
cama de metal y colchón enfundado en plástico,
juegan con la etérea tentación
de volver al país del nunca jamás.
Luz mortecina de los pasillos:
la llevan de paseo por el callejón.
Entre una mezcla de lluvia y
sonidos sin ecos se pierden las miradas en el noticioso local.
Cada una escucha su propia historia.
Ella escucha sobre octópodos,
sobre buzos rojos,
sobre perfumes caros.
Más allá la ventana con rejas
forma un rompecabezas con el paisaje.
Las medicinas atenúan los colores del jardín,
pero ahí, en su habitación de tres por tres
encuentra el mar que contemplan los recuerdos de su infancia.
Allá donde el lago,
recodo del río,
terminan los hedores de su pasión.
En el valle se pierden las almas,
tropiezan las sombras de su existencia.
Los heroicos sueños mermados
por la droga de la culpa,
recorren la noche
las alas del edificio pintado a la cal.

viernes 18 de mayo de 2007

SAN PEDRO
“...la humillación lo enfureció, y se decidió a ingresar
a un monasterio para apartarse del mundo...”


Ese pasto húmedo por aguas rancias
rodeaba la carpa y
el silencio penetraba la noche, en esa laguna,
en ese punto de intersección del meridiano y el paralelo
que parecía ser tierra de nadie.
Los hombres embarcados con sus triunfos.
Las mujeres chuecas cocinaban del otro lado del puente.
Panorámica de estación abandonada
reflejaba el infrarrojo del facón.
Y aquél hombre parado sin dirección alguna, miraba.
Andrajos de un pasado rosa que hoy se perfila lento,
tan lento como la muerte que le sigue los pasos.
Un don nadie del destino trillado de renombradas figuras.
¿Acaso a alguien le importan las penas de los crotos?
Y así seguía subiendo el agua
pudriendo los sueños de esa niña con flequillo.
Niña que vio llorar a la mismísima tristeza en el riacho
de lo que algunos llaman suerte.
Niña que hoy adulta cada tanto duerme
bajo el puente de los dichosos
que nada llevan en sus manos.

el diario personal bajo la cama
el amarillento aventón al precipicio
la colcha rojiza de un lado
la verdusca camisa sin abrazos
té violado en la mesita de luz
temblor en la médula del cortinado
“lluevE en secreto
,,llueVe con ganas
,,lluEve sin misericordia
,,llUeve al por mayor
,,lLueve aunque no quieras
Llueve”

miércoles 16 de mayo de 2007

CAMA SIN HOMBRES


Se necesita:

1) Antibiótico para la tristeza.
2) Solsticio para la pesadez.
3) Pasto húmedo para los recuerdos.
4) Un océano de paz, porque

el olvido, eco de la perfección.

LOS HOMBRES DE BOLAS TRISTES

Algunos caminan bamboleándolas dentro del boxer, otros las llevan apretujadas por los slips, esos medio tangas, ¿sabe cuáles? Sí, esos. También están los que usan la última moda, los que son medio shortcitos y medio ajustados, sí, claro, una de las marcas es Calvin Klein. Otros directamente no usan. Lo que de esta descripción llama la atención es que no hay estadística relacionada con los que tienen las bolas tristes. Ni tampoco esta relacionado el asunto de si se las tocan o acomodan o, si son azuladas o son lampiñas. Nada pareciera indicar que una de estas características nos anuncie que estamos frente ante éstos que ahora hemos de llamar “los hombres de bolas tristes”. No se si Ud., querida lectora o lector también, no he de discriminar; se ha encontrado con alguno de estos personajes. Pero le digo que he encontrado un patrón de comportamiento: esos hombres no sonríen. Así que ya sabe Ud. que si se encuentra con un hombre que no sonríe en el lapso de una hora, mejor que lo saque de su camino. Ud. y yo sabemos lo que ocasionan aquellos que andan por la vida con el ceño fruncido.


Una gónada alegre

PUNTO A PUNTO

Una gota de saliva escapa por la comisura,
pequeña hendija que la atraviesa un gemido.
labios chorreados
lengua de brasa
pintan cuellos.
Se ahoga el minuto
y el siguiente
en las cortinas cerradas
mientras
asciende la mano que recorre,
fraccionadamente su cuerpo.
El está cerca,
ella lo siente
como el relincho del caballo frente a la tormenta.
El calor se hace presencia en cada poro estallado.
Las piernas mansas entregan el jugo,
y él muerde
y ella grita
mientras silba el andén de la partida.
Un cuerpo sobre otro fríen con sus aceites
el deseo que rasga la oscuridad.
Explosión y fundición,
el acero se derrite y la matriz grita su savia.
Creando sin molde, están.
Creando sin horizonte, son.

RONRONEA EL GATO
...cuando la paz no sólo se la lleva el diablo...

Como estaca de plata
quiere con su manto
proteger a los que claman exorcismo
Roja la capa
y el camino
donde se desangran hasta los fríos
desimantados del cariño.

Brújula mandada por los mismísimos dioses,
que hasta los paganos la sufren,
es la estrella que en el sur cuelga la cruz.
Astro que harto de pedidos grita
inundando a los inocentes volviéndolos de vidrio;
y sucumbe ante su mandato:
mentiras deberás contar siempre
aunque supures

Y él,
carmesí viviente
odiado por los altos
sueña, anhela y con fatiga intenta
vendarle los ojos al hipnotismo
más caen las hojas igual que siempre.

jueves 10 de mayo de 2007

CESACIÓN TABÁQUICA
Su tratamiento

“Nunca te arrepentirás de tomar esta decisión” era el lema que figuraba en la pared del consultorio del doctor Minus. Ella había llegado puntual y estaba ahora sentada frente al cartel con los ojos fijos y sin parpadear. Metió la mano en su cartera, necesitaba saber que allí estaba. Entre medio del maquillaje y los desordenados papeles la encontró. Un leve suspiro salió de su pecho.
Estremézcase por esa blanca alma. No habría sido posible conocer esta historia sino hubiera quedado un testigo. En esa noche cerrada ni los astutos se hacían presentes. Para que buscar la paradoja que los llevaba al final del camino, si con doblar en U era suficiente. Caso omiso a los carteles que hablaban de las barrancas. Ninguno era capaz de sacar el pie del acelerador. Los motores rugían como tormenta en esa ruta que cruzaba el gozo. En el absurdo de las incontinencias verbales de ella y en el nigromante desaparecer de él se encontraban las condenas. Otrora habían sido los tiempos de paz. Es rareza hoy la humildad en aquellos vaqueros sin huestes. Las pieles húmedas de tanto llanto ajeno buscaban el resplandor de la tarde; ahí donde caían los principios estaban ellos al mando. Así él con la déspota bandera erguida y ella con la cruz clavada en su cuello no dejaban revolución pendiente. Él alto y macizo, ella delgada y majestuosa, y el resto. Todo había quedado desolado por los motores de alto vuelo. Cada llamarada había arrasado con las envolturas y los gustos de quien mirara a este dúo. Salivas en el suelo después del degüelle quedaban y sangre en las manos les dejaban, él y ella, ella y él, por caridad. Mueran era el mensaje, todos y cada uno que en nuestra dermis quiera estar. Hemos comprado el infierno y de nadie más será. Caigan entonces en manos del poderoso que la resurrección les promete, pero no se acerquen a esta propiedad que ha decidido estar privada de felicidad. En esa noche cerrada y sin color, sólo estos dos personajes estaban en el exilio elegido. Él cedió su vida por un tiro en la sien, finalmente la amaba.
Ella llegó puntual al consultorio del doctor Minus y luego del suspiro, entró en el sala donde la esperaba el diván y tomó su arma de la cartera y descargó las excusadas balas.

GIGANTES GASEOSOS
“...en la superficie es necesario ser líquido para brillar por el calor residual...”

Si el viento tuviera la bondad de no hacerse escuchar en las mañanas de otoño, la música entraría por la ventana. Las cortinas bailarían y rozarían mi cara. Despertarían mis piernas del ahogo, arenoso y letárgico, en el que suelen incurrir por la falta de melodía. Saldría de la cama reina, borlas y sedas, al encuentro de cualquier transeúnte que con su mirada tome un café. Simple encuentro sería, serio, de la carne. Así las aceras con su camino de hojas sin letras, sencillas al fin. Tan liviano, etéreo y sin misterio, el humo de los brazos juntos, en círculo. La mesa nos daría charla, pasatista y sin contratiempos; y, los dos revolveríamos el café continuando hasta el derrame, bebiendo sólo la espuma. Parecer burla, sin ironía, chiste leve y sonrisa leve. Enaltecer los cuerpos en la salida, no abrupta no milagrosa. Un disco pop, una novelita, una blusa de algodón. No hay aerosoles ni pintadas, no hay censura. Él con su maletín sin llegar a la oficina, sin el ábaco en su muñeca, con las esposas en la casa. Yo sin montura ni brida. Si el viento tuviera la bondad.

jueves 3 de mayo de 2007

SIN ESTRELLAS

“...de las distorsiones ópticas y las diferentes densidades...”
Las luces se fueron apagando junto con el aullido de los testigos. El pedido expreso: silencio, dejó a otro de sus sentidos en el bolsillo. Esta ceguera silenciosa le causó escalofrío. Necesitaba apoyar su mano sobre otra, sentir que había alguien más, pero sólo pudo aferrarse a la butaca. Un beso se deslizó por su cuello. Su cabello recogido lo había invitado sin preguntarle nada. Asió más fuerte el apoyabrazos pero no se movió. Cerró los ojos con la esperanza de que al abrirlos pudiera verlo. Nada, sólo una respiración que le pasaba cerca. El bretel cayó, dejando sus hombros al descubierto. Un líquido frío corría por su espalda mientras sus manos estaban a punto de arrancar de cuajo el asiento. El cartílago había cedido el paso y de a poco la aguja hacía que la razón también cediera. Su piel se estremeció más aún cuando sintió que su falda se levantaba lentamente. Sus esbeltas piernas no pusieron resistencia. Otro beso firme y húmedo en su muslo, y luego otro, y luego otro. Sus manos menos tensas ahora, no se movían. No importaba ya el nombre o el hombre. No importaba la oscuridad y el silencio de esa sala, la tercera de la derecha. Ya no importaba nada más que lo que vendría, lo que esperaba, lo que pedía. Y lo tuvo.


“...de la ermita y porque no tiene vegetación...”
Con el cuerpo todavía entumecido y la sangre turbia, volvió a cerrar los ojos. Volvería el tiempo atrás porque no soportaba tanta embriaguez. Lo tuvo y lo quiere seguir teniendo, pero sobre la alfombra no hay laureles. La dicha, tan bien paga por los billetes que habían quedado al lado del asiento, se la había llevado el sudor de él. El juego había cambiado y ahora eran asuntos de metálico. Franquearía el registro de firmas para borrar la última. Esa puerta que misteriosamente se abre sólo el tercer domingo de diciembre sería forzada, ella entraría y le daría la espalda al presagio. Sus oníricos camaradas iban ahora a su lado sin diferencias, porque sus esbeltas piernas habían cruzado la línea. En ese estado entre convaleciente y eufórico, y con la seguridad que da un desinhibido pensamiento, se levantó del testimonial sillón. Con cada paso un ridículo pedazo de su piel iba cayendo, huella adrede para el afortunado amante presente, aunque la dicha. Así entonces, con la cartera pesada, una mueca que no es sonrisa, un paso más lento, salió de esa sala, la tercera de la derecha. Caminó por un corredor que su memoria conocía perfectamente y aunque la cerrazón de ese pasillo era como la misma muerte, no tardó en llegar a su destino. Tal era la certeza de tener la carta del triunfo que ni el mayor alucinógeno podría embaucarla. Permaneció inmóvil unos minutos parada frente a lo que la separaba del sentenciado futuro. No había nadie más, aunque el cáliz del ermitaño no coincidía. Tomó el picaporte, el que giró en falso. La puerta estaba apenas abierta. Tiesa, justo bajo el umbral, sintió un soplo sobre su cara. Él seguía al mando.


La coartada del monte de cristal y la impertinencia de la mañana que nunca llega
Se arrodilló apoyando las manos en el piso. La madera crujía, como el llanto de un bebé pidiendo alimento en una guardería vacía. Sacó de la cartera un puñado de runas, trueque que forzadamente había tenido que aceptar, y se los brindó como ofrenda para que calle y así volver al silencio. Arrojó algunas hacia el extremo sur del pasillo y sintió a la casa devorarlas como un pozo sin fondo. Se incorporó nuevamente y volvió sobre sus pasos. Un pasadizo, eso necesito, pensó. El tragaluz pronto tendría algún derrame y ella lo utilizaría para despejar el camino. Estaba en el ala norte del primer piso, al costado de la tercer puerta de la derecha. Cinco metros más y la escalera la llevaría a la planta alta. Se apoyó en la baranda y uno a uno comenzó a subir los peldaños. Empezaba a sentirse débil, tendría que apurarse. El fracaso levantaba rejas a su alrededor. Ese trozo de cristal que podía matar los recuerdos se encontraba en la esperanza, pero la perdía minuto a minuto. Comenzó a trepar los escalones de dos en dos. En el cuarto salto tropezó y rodó sobre si misma. No podía condenar, prefería negar los hechos y disfrazarlos en ilusión caritativa para que se evaporen sin registro. La impertinencia de su empatía y sus preguntas no resueltas volaban como cuervos, y, no hay albor para el que no cierra. Allí estaba: tendida de espaldas en el descanso, sin la prosperidad del que siembra y con sus ojos abiertos, cerrados da igual. Él pasó por su lado y se detuvo un instante revelándole que la claraboya estaba lacrada y la firma intacta.
“...Juró que se sometería a las reglas para encontrar la verdad profunda...”
Que inútil le resultaba tirar de la soga que no tenía fin. Tanto esfuerzo despreciado por intentar bajar del mangrullo cuando estaba seis pies bajo tierra. La oscuridad estaba en cada uno de sus poros, en cada decilitro de su sangre. Trataba de escapar de su destino que a raja tabla quería ser cumplido. Nada podría torcer el lecho del río que en plenilunio había escrito el chamán. La luna nueva traía sombras, sus sombras, fantasmas que ahora traspasaban su cuerpo y lo dejaban expuesto ante ella misma. Él era el indicado, no otro. Él. Aunque ella quisiese borrar el nacimiento ya era tarde. Tarde en esa noche donde nada podía hacer más que mecer la cuna de su futuro.
Volvió a la habitación, la tercera de la derecha. Ya no necesitaba la guía de sus manos en las paredes. Ya no tenía que forzar la profecía. Así regresó al sillón apoyando sus manos en el apoyabrazos. Sin buscar respuestas en los grabados dejó su cartera sobre la alfombra. Pesada por el nuevo dogma, liviana por el negro manto que ahora vestía. Soltó su cabello, recostó su cabeza liberando su cuello y dejó caer la infortunada gargantilla. El beso, preciso y experto, llegó. Su corazón, como la última campanada de la medianoche, entregó a él todo, su vida. Él asió su cálido y adjudicado cuello, apretándolo con sus etéreas manos y bebió su suspiro final. La cosmética muerte flotaba ahora en el aire y con ella el voto de castidad de aquella que gimió “por favor, señor verdugo, un momento todavía”.

PRISIONERO DEL TECLADO NEGRO
“...esa extraña sensación de no querer ser de nadie...”
Es una libertad incongruente la de las palabras sueltas. Terminan dándonos una ceguera que nos lleva por lagunas, ríos, riachos y hasta algún que otro océano de crucigramas. Las manos siempre listas como niño explorador quieren comenzar a mover sus dedos ávidos de historias nuevas. Las historias de todos los días, son historias que nos entran por la nariz, los oídos, y que hasta las células invaden. Tantos ojos hay en la vida que al percibirlos llega una fobia de ser observado todo el tiempo. Y ahí vivimos: en esa marejada de vistas, morochas, altas, alguna que otra con esquelética figura, donde la ansiada libertad se pierde. Se pierde en el registro de los que nos miran. Quedamos grabados en las cavernas de cada inconsciente que nos cruza hasta por la Avenida Corrientes que con sus luces y carteleras igual no logra hacernos pasar desapercibidos. Si tan sólo la humanidad parpadeara al unísono no quedaría esculpido en la historia ese segundo (descabellado por ser tan libre) en ninguna retina, en ninguna conciencia. Pero como siempre hay un gran hermano con la TV encendida, las palabras libres son escuchadas por otro, cualquiera, no importa, pero escuchadas al punto de recibir respuesta. Respuesta que no buscábamos pero que nos encuentra por el sólo hecho de que siempre y aunque sea esquiva hay una mirada sobre nosotros. Y las manos entonces caen por no poder contar una historia que no haya tenido testigos, una historia envasada al vacío, una historia que como se escucha y se metaboliza; y, aunque sea más pequeña que un átomo, es una historia ya vista, ya vivida.

DE LAS TRIGONOMÉTRICAS
“... y las relaciones entre los triángulos y los círculos...”
Esta tarde voy a correr. Cuando estaba pensando en el calzado, siempre hay que pensar en los tobillos, me pregunté si estaba por correr la coneja. Aunque en realidad no se si la coneja corre, porque tienen fama de tener familia abundante y no creo que le quede tiempo para correr. Claro que no sufren problemas de rodillas, como si los meniscos los pudiéramos ajustar con una llave inglesa. Hablando de islas probablemente llegue hasta Palermo en bicicleta, para no aburrirme por las calles de edificios. Ver vidrieras no es lo que me interesa, ¿será porque tienen muertos vestidos? ¿Nos visten para la muerte? Entonces cada vez que compre algo, voy a comprar cualquier cosa que no este en un maniquí, además que algunos están degollados, esos deben haber sido contestatarios, y yo no quiero terminar sin ojos, por eso salgo vestida. Estaba en el meandro de correr por el verde, no demasiado de noche porque los árboles descansan. Se toman todo el aire y salimos medio borrachos de clorofila, y si la tangente nos dispone en la recta final a los que mueren de pie (lo dice casona) como maniquíes (lo digo yo), mejor voy a agarrar por la pendiente, a ver si todavía también aparece la coneja con ganas de parabolear y terminamos compitiendo para ver quien engañó a quien con las vestimentas derivadas en desnudez.

FIN DE SEMANA LARGO

Me voy
Me ando
Me parto
Atravesando
vuelvo a vos
con mis ríos ensanchados
con mis ramas frutadas
con mis postres con crema
Me fui,
tan sólo, para volver,
así.